El refugio y la soledad
- asp3020
- 30 nov 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 16 dic 2025

Hay refugios que nacen sin que los busquemos.
Refugios que se vuelven tan nuestros, tan íntimos, que cuando los nombramos sentimos una especie de alivio silencioso. Son esos espacios internos en donde el mundo externo deja de apretar y algo dentro respira con mayor libertad. En mi caso, mi refugio es el mundo de las ideas y de el comportamiento humano. Ese lugar donde puedo perderme por horas, donde las preguntas abren puertas y la lógica me acompaña.
Ahí el tiempo se distorsiona.
Ahí soy yo sin interrupciones.
Pero este solo es el mio, en realidad, cada persona sabe, en silencio o dicho en voz alta, cuál es su refugio.
Hay quien se pierde en novelas y encuentra mundos donde nadie hiere.
Hay quien se refugia en el ejercicio, porque el cuerpo en movimiento ordena lo que el alma no alcanza todavía a nombrar.
Hay quien habita lo social como un salvavidas, saltando de plan en plan para evitar la quietud que asusta.
Hay quien habla para no sentir.
Quien se enoja para no llorar.
Quien se queja para no tocar aquello que duele.
Quien huye para no necesitar.
Quien racionaliza para no exponerse.
Todos estos refugios, aunque distintos, comparten algo esencial: nos han sostenido.
Nos dieron estructura cuando la vida exigía demasiado.
Nos ofrecieron calma cuando el contacto dolía.
Nos permitieron respirar donde antes parecía no haber aire.
Nos hicieron compañía cuando no había quien la hiciera.
Por eso es importante reconocer eso que nos da cada refugio. No son errores. Sino mas bien arquitecturas internas que construimos para sobrevivir.
Por eso,
Hay sabiduría ahí.
Hay ingenio.
Hay sensibilidad protegida.
El problema es cuando el refugio empieza a convertirse en una frontera. Un punto donde ya no sostiene, sino que mas bien nos separa. Donde el placer de estar ahí empieza a tener un costo.
Ojo, No se trata de destruir el refugio ni de forzar salir de él. Se trata de darnos cuenta. De ver qué parte nos cobija y qué parte nos encierra.
Porque cuando podemos mirarlo así, algo se aclara, no todos los refugios nos aíslan. Algunos, usados con conciencia, pueden convertirse en puntos de apoyo para vivir más profundamente en relación con uno mismo y con el mundo que nos rodea.
Porque un refugio también puede ser un espacio donde:
me afirmo,
me escucho,
me regreso a mí
para luego regresar al mundo.
Un refugio sano no te encierra:
Te afina.
Te ordena.
Te recuerda quién eres cuando afuera todo se dispersa.
Hay refugios que distraen, sí… pero también existen otros que ensanchan el interior, que te dan espacio para sentir sin desbordarte, que te preparan para volver al contacto desde un lugar más presente, más sensible, más real.
Ese tipo de refugio no es un escondite: es un suelo interno. Un pequeño santuario que sostiene para entrar a los vínculos con mayor verdad. Porque relacionarnos no debería exigirnos desaparecer, sino habitar más plenamente lo que somos. Entonces el refugio deja de ser un cuarto cerrado y se convierte en un umbral: una transición suave entre mi mundo interno y el mundo con los otros.
Un refugio así no te aleja de la vida: te lleva hacia ella.
Te permite entrar en los vínculos sin perderte, sentir sin derrumbarte, abrirte sin traicionarte.
Tal vez no se trate de cerrar el refugio, sino de sentir cuándo el cuerpo necesita recogerse y cuándo puede permanecer afuera, disponible para el contacto.
La Papisa: el refugio que ve en la oscuridad
Cuando pienso en este movimiento interno, refugiarnos, protegernos, afirmarnos, aparece ante mí La Papisa del Tarot de Marsella.
La Papisa entiende el refugio.
Es su templo.
Su silencio.
Su mundo interior lleno de símbolos, intuición y memoria.
Ella se repliega no por miedo, sino por profundidad.
Sabe que hay verdades que solo germinan en la quietud. Necesita ese espacio para sentir, para comprender, para escuchar lo sutil.
Pero también sabe que hay un riesgo:
Quedarse demasiado ahí.
Convertir la protección en distancia.
Confundir silencio con soledad.
La Papisa no quiere que abandones tu refugio. Solo te invita a abrirlo un poquito: lo suficiente para sentir, lo suficiente para dejarte ver, sin poner en riesgo tu mundo interno.
Un espacio que respira.
Un límite que no encierra.
Una puerta entreabierta que permite que algo del mundo entre y algo de ti salga al encuentro. Ese gesto, mínimo pero valiente, es el inicio del contacto real.
Porque un refugio verdadero no es el que nos esconde, sino el que nos prepara para vivir, para relacionarnos desde un lugar más honesto, más presente, más nuestro.
Tal vez ahí, en ese pequeño umbral donde La Papisa deja entrever su mundo interno, comience el verdadero encuentro humano.

Gracias por leerme
Nota personal
Estas palabras provienen de mi camino y de los saberes que sigo integrando.
No sustituyen la guía profesional, sino que ofrecen un espacio de pausa, reflexión y conexión contigo misma.
© 2025 Adriana Soberón






Comentarios