top of page
Buscar

Los Abuelos/as


Hay etapas de la vida en las que vamos tan rápido que no nos preguntamos quién nos sostuvo mientras crecíamos.


Estamos ocupados resolviendo, cumpliendo, avanzando.

Luego llegan los cuarenta.

La agenda siempre llena.

La mente dividida en pendientes.


Y algo empieza a hacerse claro por dentro. Una mezcla de nostalgia con claridad. Te das cuenta de que el amor que recibimos de los abuelos no fue un “extra” bonito en nuestra historia, sino parte estructural. Fue un sostén silencioso.


Fue ese espacio donde, sin darnos cuenta, el mundo bajaba el volumen y nosotros podíamos simplemente ser.


Y al mismo tiempo empiezas a mirar también al otro lado: lo que significa ser abuelo.


Lo que un abuelo da (aunque casi nadie lo diga)


A los abuelos no se les reconoce lo suficiente.

Porque su trabajo no hace ruido.


No presume.

No compite.

Pero el cuerpo de un niño sí lo sabe.


Con mis abuelas yo podía hablar sin sentirme evaluada.

Podía estar triste sin que intentaran arreglarme.

Podía estar confundida sin que me corrigieran.

Podía ser adolescente sin miedo a decepcionar.

Hoy puedo ponerle nombre: su presencia regulaba.


Había calma alrededor de ellas. No la calma ingenua de quien no ha vivido, sino la calma de alguien que ya atravesó tormentas. Y eso cambia todo.


No era solo que me consintieran. Era que, por un rato, mi sistema nervioso descansaba.

Y un niño que tiene dónde descansar… crece distinto.


Y del otro lado: ser abuelo


No soy abuela, pero puedo imaginarlo: no es una etapa ligera. Tiene peso y profundidad.

Ser abuelo no es la “tercera temporada relajada” de la familia.


Es una etapa hermosa, sí. Pero también compleja.

Mientras nosotros vivimos en la urgencia, ellos viven con otra conciencia del tiempo.


Ya amaron.

Ya perdieron.

Ya despidieron etapas enteras de su vida.


A veces el cuerpo ya no responde igual.

A veces la mente se cansa.

A veces los amigos empiezan a irse.

A veces el silencio pesa.


Y aun así… muchos siguen dándose.


Retos que casi no se dicen


1. La soledad.


No solo estar solos en casa, sino sentir que el mundo sigue corriendo sin ellos. Sentir que ya no cuentan. Que nadie pregunta cómo están de verdad.


2. Los duelos acumulados.


En esta etapa se pierde constantemente: fuerza, roles, personas, certezas. Y muchas veces lo viven en silencio para no preocupar a los hijos.


3. El dilema con los hijos adultos.


Ven cosas. Ven errores. Ven dinámicas. Y se preguntan:

“¿Digo algo y me acusan de meterme?”“¿Me callo y me duele?”

Ese equilibrio no debe ser sencillo.


4. El riesgo de sentirse usados.


A veces se les busca solo cuando hay crisis. Y sí, sostienen. Pero también se cansan. También necesitan ser mirados como personas, no solo como apoyo.


Y aun así… el gozo


Ser abuelo también es una de las formas más dulces del amor. Porque ya no hay tanta necesidad de demostrar. Ya no hay tanta ansiedad por hacerlo perfecto. El amor suele ser más simple. Más presente. Menos reactivo.

Es un amor con perspectiva.

Y eso, para un niño, es medicina.


A ti, abuelo o abuela


Si a veces sientes que lo que das no se ve, quiero decirte algo:


Cuando escuchas sin corregir, construyes identidad.

Cuando miras con ternura, fortaleces autoestima.

Cuando simplemente estás, enseñas calma.

Cuando cuentas historias, das continuidad.


Aunque nadie lo publique.

Aunque nadie lo aplauda.

Para un niño, eso es enorme.


Y a los que estamos en medio


Nosotros vivimos acelerados.

Trabajo, hijos, decisiones, emociones al límite.

Pero hay algo que necesitamos recordar:


Los abuelos no son apoyo logístico. No son solo “los que ayudan”. Son un puente. Ofrecen algo que a veces nosotros, en plena exigencia, no podemos ofrecer: descanso emocional.


No porque no amemos, sino porque estamos en otra etapa. A mí, cuando pienso en mis abuelas, las extraño.


Ahora entiendo lo que dieron. Ahora sé que esa calma que me regalaban tenía historia detrás. Que esa paz costó vida. Y por eso hoy solo puedo decir:


Gracias.




Referencias


Balswick, J. O., King, P. E., & Reimer, K. S. (2016). The reciprocating self: Human development in theological perspective (3rd ed.). InterVarsity Press.



 
 
 

Comentarios


@COACHADRIANASOBERON

EL BLOG DE ADRI
Reflexiones sobre cuerpo, vínculos y conciencia encarnada.
Si quieres recibir nuevos artículos, deja tu correo aquí.

Gracias por ser parte de mi Comunidad

Subscribe tu e-mail para recibir  mis Artículos mas Recientes

  • Facebook

©2020 por Adriana Soberon

bottom of page