¿Por qué siempre me vuelve a doler lo mismo?
- asp3020
- hace 6 días
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Qué paradoja más grande, ¿no?
Todo en nosotros, nuestras células, nuestras terminaciones nerviosas, la piel que se eriza ante el contacto, el corazón que se acelera cuando alguien importa, el vientre que se contrae ante la pérdida, está impulsado por una fuerza expresiva hacia la unión. Pareciera que estamos diseñados para vincularnos. Para expandirnos. Para salir de nosotros mismos en dirección al otro.
A eso le llamamos amor.
Al crecer, pasamos de un amor ciego e inmaduro, que necesita exclusividad, garantía, posesión, a un amor más amplio, más consciente, más capaz de sostener la diferencia. Ese es el movimiento natural de la vida: expansión, experiencia, integración… y, de nuevo, expansión.
El problema es que, por distintas circunstancias, esa fuerza se bloquea. Algo nos hiere en el movimiento de apertura y entonces dejamos de ser movidos por ella con la misma confianza.
De eso va este artículo.
Si nacemos cableados para amar, ¿qué sucede cuando nuestra expresividad amorosa se ve herida? Cuando, en nuestro movimiento expansivo, no fuimos correspondidos. Cuando amamos profundamente y nos lo arrebataron sin despedida. Cuando fuimos avergonzados por sentir. Cuando nos traicionaron. Cuando nuestro placer fue criticado o ridiculizado.
Lo natural sería que, por un tiempo, dejáramos de expandirnos para poder integrarnos. Que la vida nos lleve del placer–amor a la contracción necesaria para asimilar lo vivido.
Pero ojo: integrar no es entender con la cabeza.
Integrar implica aullar si hace falta. Quejarnos. Llorar. Sentir la rabia, la tristeza, la humillación. Permitir que el cuerpo tiemble. Si no lo sentimos, nos quedamos con el raciocinio. Y el raciocinio no cicatriza.
Sentir es dejarnos tomar por esa fuerza que nos devuelve al cuerpo. Nos contrae. Nos delimita. Nos define. El dolor, cuando se atraviesa, nos da contorno. Nos hace más reales.
Y si lo dejamos pasar, sin negarlo, sin dramatizarlo, sin huir, el dolor cumple su función. Y cesa.
Y en su lugar queda algo más sólido:
discernimiento,
límites más claros,
una capacidad de amar menos ingenua,
más profundidad, más verdad.
Nos llevamos los recursos de aquella expansión inicial, pero ahora están integrados. Nos llevamos la lección, la madurez, la sobriedad del corazón que ya conoció la contracción.
Y entonces sí: volvemos a expandirnos.
Pero cuando eso no sucede… cuando no nos damos la oportunidad de dolernos… entramos, muchas veces sin saberlo, en un ciclo silencioso. Una compulsión por recrear el dolor del pasado en el presente.
El mito de Edipo dice: "Uno encuentra su destino en el camino que elige para evitarlo." Hay algo profundamente cierto en eso.
Quienes no reconocen su dolor mantienen abierta una grieta. Una fisura. Una memoria emocional no integrada. Y esa fisura nos vuelve hipersensibles.
Tan sensibles que empezamos a mirar el mundo desde ahí. Si fuimos rechazados, cualquier demora en un mensaje se percibe como abandono. Si alguien no nos incluye en un plan, interpretamos la exclusión. Si alguien está distraído, asumimos que es desinteresado.
El contexto desaparece. Solo vemos a través del lente del antiguo dolor.
Si fuimos traicionados o humillados, empezamos a sospechar antes de confiar.
Leemos dobles intenciones donde quizás no las hay.
Controlamos, revisamos, anticipamos.
Vivimos tensos, esperando que ocurra lo que ya ocurrió.
Y así, paradójicamente, terminamos recreando lo mismo que tememos.
Y así justificamos nuestro aislamiento, nuestra aparente superioridad, nuestra frialdad o nuestro desinterés. Es una trampa inconsciente que nosotros mismos sostenemos.
Pero en el fondo, es una pseudosolución: nos separamos para no volver a doler… y en esa separación también dejamos de amar. Entonces eso que nos dolió una vez empieza a dolernos muchas veces.
¿Será que, en el intento de huir del dolor, lo mantenemos abierto?¿Será que, al negarlo, lo hacemos crónico? Quizás hemos intentado separar lo que en realidad es una sola fuerza. Placer y dolor. Amor y odio. Expansión y contracción. Son movimientos de la misma energía vital.
Tal vez el verdadero trabajo no es evitar la contracción, sino hacer las paces con ella.
Hacer un contrato interno: sí, me voy a contraer cuando duela. Sí, voy a sentirlo. Pero no me voy a quedar ahí.
Porque para amar se requiere voluntad.
Requiere decidir conscientemente volver a expandirse. Volver a arriesgar. Volver a buscar el placer. Volver a abrir el corazón aun sabiendo que puede doler otra vez.
Freud decía que si amas, sufres; si no amas, enfermas. Y quizá se refería a esto: solo en ese ir y venir entre expansión y contracción mantenemos nuestra vivacidad.
Dolemos del mismo lugar desde donde amamos. Separar amor y dolor es una forma de idealizar el amor.
Nota:
Lo que comparto aquí nace de mi propio camino y de lo que sigo aprendiendo al caminar la vida. No pretende sustituir procesos médicos, psicológicos ni terapéuticos, sino abrir un espacio de reflexión, conciencia e inspiración.
Adriana Soberon P. ©️Todos los derechos reservados.



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