top of page
Buscar

Lo que sucede cuando dejamos de mirarnos solos


Han sido como un sueño estos últimos cuatro años.


Llegué a Core Energética gracias a una querida amiga que conocí poco después de mudarme a Nueva York. Me emocionaba haber encontrado a alguien que parecía estar realizando una búsqueda similar a la mía.


Para entonces, llevaba años inmersa en el desarrollo personal. Facilitaba procesos de coaching, impartía cursos de crianza, estudiaba constelaciones familiares y acumulaba cinco años de psicoterapia. Había desarrollado un lenguaje para hablar de mis heridas, mis defensas y mi historia. Podía explicar con claridad por qué me sentía como me sentía. Sin embargo, algo seguía faltando. Había comprensión, pero no siempre transformación. Entendía muchas cosas intelectualmente, pero aún no sabía cómo habitarlas plenamente en mi cuerpo.


Recuerdo llegar a Wisdom House, sin saber muy bien qué esperar. Lo que encontré fue distinto a todo lo que conocía. No era un espacio centrado únicamente en analizar la mente, sino en incluir a la persona completa: cuerpo, emoción, energía, voz y conciencia. Había respiración, movimiento, expresión y presencia. El trabajo no ocurría sentados en una silla, intentando ordenar la vida desde las ideas, sino entrando en contacto con lo que estaba vivo en ese momento. Cuando vi la profundidad de esa experiencia, sentí que había llegado a casa.


Con el tiempo entendí que lo más valioso no fue solamente las ensenanzas de Core Energetica desarrollada por Jhon Pierrakos, sino el gran poder que se sostiene en el trabajo grupal. Hasta entonces, mi experiencia con trabajos en grupo se limitaba principalmente a las constelaciones familiares. Pero nunca había vivido lo que significa caminar durante años junto a las mismas personas, verlas cambiar, dejarme ver por ellas y permitir que sus historias también tocaran la mía.


Hoy puedo decir que el grupo fue uno de mis mayores maestros. Todos muy distintos. Veníamos de etapas, países, historias y estructuras de vida diferentes. Pero había algo que nos unía: el deseo sincero de mirarnos con honestidad y asumir responsabilidad por nuestra propia vida, incluso cuando eso resultaba incómodo. La disposición compartida creó una honestidad poco común. No una honestidad dura ni cruel, sino una honestidad al servicio de la verdad. Una forma de mirar que no buscaba complacer, sino ayudar al otro a verse con más claridad.


Durante cuatro años regresé una y otra vez a un espacio que muchas veces me conmovía y otras me incomodaba profundamente. Cada encuentro me sacaba un poco de mis lugares conocidos, llegaba a casa irritada y muy vulnerable. (Gracias a mi familia que me aguanto) 🫣


A veces llegaba a los fines de semana creyendo que tenía un tema resuelto, y bastaba una interacción, una frase o una dinámica para descubrir que una parte más antigua de mí seguía esperando ser mirada.


Poco a poco, el grupo comenzó a funcionar como un espejo de mi vida cotidiana. La persona que me irritaba me mostraba algo que yo no quería reconocer. La persona cuya aprobación buscaba revelaba una necesidad más antigua. Aquella a quien admiraba me conectaba con cualidades que también vivían en mí, aunque todavía no me atreviera a habitarlas. Y quienes me confrontaban me ayudaban a descubrir los lugares donde aún me defendía de la intimidad, de la verdad o de mi propia vulnerabilidad.


En ese espacio se revelaron sombras que probablemente no habría visto yo sola. Descubrí que no era la única que luchaba con ciertas cosas. Lo que yo había vivido en silencio también habitaba en otros. Y eso me humanizó. Dejé de sentir que algunas partes de mí eran tan extrañas, tan vergonzosas o tan mías. Comprendí que mucho de lo que escondemos no nos separa de los demás; al contrario, puede convertirse en el puente más profundo hacia ellos.


Vivimos en un mundo donde hablamos mucho de lo que hacemos, logramos y mostramos. Pero pocas veces hablamos de lo que nos duele, nos asusta, nos contradice o nos da vergüenza. Y cuando alguien se atreve a hacerlo desde un lugar verdadero, algo se afloja en los demás. De pronto, la soledad pierde fuerza.


La facultad del instituto fue una parte fundamental de este camino. Eran personas que habían recorrido antes aquello que nosotros estábamos transitando. Su presencia, su claridad y su forma de sostener el proceso me ayudaron a regresar a mí cuando me perdía en una emoción, una relación o una historia.


A veces siento que fue como reencontrar una mirada profundamente necesaria: una mirada capaz de sostener, orientar y acompañar sin invadir. Una mirada que no reemplaza la propia, sino que poco a poco nos enseña a mirarnos desde dentro.


Quizás eso fue una de las cosas más importantes que recibí. Aprendí a no abandonarme tan rápido. A quedarme conmigo un poco más. A escuchar mi cuerpo. A reconocer cuándo me iba de mí. A volver.


Nunca voy a olvidar una frase que me dijo Anita Mandley M.S.,LCPC cuando, atrapada en mi necesidad de encontrar respuestas definitivas, le pregunté: “¿Cómo sabes si un cliente ha sanado? ¿Cómo sabes si tú has sanado?”. Su respuesta fue profunda: “Sabes que ha habido sanación cuando algo cambió, cuando algo nuevo surgió”. Con el tiempo, entendí que la sanación no es un destino ni un certificado que alguien te entregue; es algo vivo. A veces sería más fácil hacer un examen y que nos dijeran si pasamos o reprobamos, pero en el camino personal rara vez hay esa validación.


Quizás el único termómetro real sea observar si hoy podemos hacer, sentir o sostener algo que antes nos era imposible. No sé si he sanado, pero sí sé que algo ha cambiado. Y tal vez eso sea suficiente.


Al final, cada persona de mi grupo reflejó algo distinto. Algunas me mostraron fortalezas que no veía. Otras me ayudaron a descubrir heridas, miedos o defensas que permanecían ocultas. Algunas despertaron mi ternura, otras mi enojo, otras mi admiración. Algunas me confrontaron profundamente. Todas dejaron una huella.


Todas/os, de alguna manera, forman parte de mi historia. Las llevaré siempre en mi corazón.

No puedo terminar este escrito de otra manera que no sea con gratitud.


Gratitud hacia mi grupo, mis maestros, el espíritu que nos acompañó y la vida por haberme llevado hasta aquí. Esta experiencia cambió mi manera de habitarme. Me ayudó a regresar a mi cuerpo, a vivir con más presencia y a relacionarme con mi mundo interno con mayor compasión.


Pero, sobre todo, me enseñó algo que hoy también acompaña mi forma de trabajar con otros: la transformación no ocurre cuando nos volvemos perfectos. Ocurre cuando dejamos de huir de nosotros mismos.


Nota:


Lo que comparto aquí nace de mi propio camino y de lo que sigo aprendiendo a lo largo de la vida. No pretende sustituir procesos médicos, psicológicos ni terapéuticos, sino abrir un espacio de reflexión, conciencia e inspiración.


Adriana Soberon P. ©️Todos los derechos reservados.






 
 
 

Comentarios


@COACHADRIANASOBERON

EL BLOG DE ADRI
Reflexiones sobre cuerpo, vínculos y conciencia encarnada.
Si quieres recibir nuevos artículos, deja tu correo aquí.

Gracias por ser parte de mi Comunidad

Subscribe tu e-mail para recibir  mis Artículos mas Recientes

  • Facebook

©2020 por Adriana Soberon

bottom of page