6 "locuras" de empezar a sanar

Pienso mucho en esa frase que todavía se escucha en ciertos espacios: "Los más locos son los psicoterapeutas". Pienso en ella porque, si he de ser sincera, mi propio camino de transformación me ha llevado por lugares incómodos que, desde afuera, bien podrían parecer "locura".
Aprender a abrazar mi humanidad, a reconocerme como un ser completo, no siempre ha sido fácil. En ese laberinto interior hubo soledad, desorden e inestabilidad. A veces me costó sentirme fuerte y encontrar mi lugar. Llegué a sentirme rota mientras algo profundo se estaba reconstruyendo. Pero desde dentro no siempre podía reconocer la diferencia, ni había alguien cerca que me ayudara a verla.
También recuerdo una insistencia casi obstinada en mirar hacia dentro. Un ensimismamiento que, desde afuera, bien podía parecer egocentrismo. Fue solo con el tiempo que pude abrirme de nuevo al encuentro con los demás: volver a mirar al otro, escucharlo y hacerle espacio desde lo que iba comprendiendo de mí misma.
Quizás por eso algunos tramos de este camino pueden parecer una locura.
Quiero compartir seis de esas "locuras" que, con el tiempo, se transformaron y cobraron sentido. Porque muchas veces dudé de mí misma: ¿lo estaba haciendo bien?, ¿valía la pena?
Me habría gustado encontrar palabras para comprender lo que estaba viviendo. Que alguien me dijera: "Otras personas también han pasado por ahí. Te estás moviendo; no estarás en este lugar para siempre". Y no .... no es locura.
Escribo para quien ha decidido volver la mirada hacia sí mismo y para quienes lo acompañan. Aquí van mis seis "locuras".
1. La locura de soltar mi orgullo y ser humilde
Una amiga me dijo una vez: "Adri, eres de las pocas personas a las que puedo decirles que algo me molestó o que creo que se equivocaron. Recibes muy bien lo que te digo".
Me gustó saber que se sentía así conmigo. Estaba comprometida con mi crecimiento, y conocer el efecto que tenía en los demás me parecía información valiosa. Ya con el tiempo fui aprendiendo a discernir. La mirada del otro puede mostrarme algo que no veo, pero también está atravesada por su propia historia. Aprendí a escuchar sin asumir que todo lo que me decían me definía.
Aun así, algunas observaciones me dejaban pensando, sobre todo cuando distintas personas me señalaban algo parecido. Entonces valía la pena detenerme y preguntarme: "¿Habrá algo aquí que me cuesta reconocer?".
Esa apertura me fue ayudando a mirar mi participación en algunas situaciones que se repetían: lo que callaba por miedo, lo que esperaba sin pedirlo y las maneras en que intentaba asegurar mi lugar. Reconocer mi parte dolía, pero también me devolvía la posibilidad de hacer algo distinto.
Si eso parece locura, quizás resulte extraño, desde afuera, ver a alguien renunciar a tener siempre la razón para empezar a comprender.
2. Contar con la suficiente flexibilidad para cambiar de idea
Darme cuenta no significó saber cómo cambiar. Hubo un tiempo en el que ya no quería vivir de cierta manera, pero todavía no sabía sostener otra. Un día tenía una certeza; al siguiente, algo la movía. Me escuchaba y encontraba contradicciones.
Tuve que aprender a decir: "Esto pensaba antes. Hoy lo veo diferente". Y también: "Todavía no sé". Mi orgullo habría preferido una evolución más ordenada. Pero reconstruirse tiene algo de obra en proceso: hay movimiento, incomodidad y partes que todavía no encuentran su lugar. Pienso en los edificios fuertes que necesitan cierta flexibilidad para resistir. A mí también me ha hecho falta aprender a moverme sin sentir que por eso voy a derrumbarme.
Si cambiar de opinión al comprender algo nuevo es estar loca, quizás sí. Hoy necesito menos certezas sobre quién debo ser y más apertura para descubrir quién estoy siendo.
3. Abrirme al valor para atravesar la soledad
Cuando empecé a cambiar, mis relaciones también se movieron. Una y otra vez escuche de las personas que mas me importaban: "Antes no eras así". "Te has vuelto muy especial".
Escuchar algo así puede hacernos dudar, sobre todo cuando todavía estamos aprendiendo a sostener nuestros cambios y nos importa tanto conservar el cariño de los demás.
En ciertos momentos necesité distancia y tuve que aprender a estar bien con esa verdad. Había algo frágil en mí que apenas estaba aprendiendo a cuidar, y me costaba hacerlo dentro de las formas de relacionarme de siempre.
Después vino otro reto: volver a acercarme siendo distinta. Sostener lo que había descubierto de mí frente a la sorpresa, el desacuerdo o la incomodidad de otros. Algunas relaciones terminaron. Eso dolió. Otras encontraron una forma nueva, y agradezco profundamente a quienes tuvieron curiosidad por conocerme de nuevo.
Cambiar también me pidió tolerar que alguien no entendiera mi cambio.
Si eso es locura, yo lo veo como el valor de abrirme a poder sostenerme aun cuando la mirada del otro ya no me confirma.
4. Aceptar que soy un proceso no acabado
Recuerdo momentos en los que habría preferido regresar a mi ignorancia. Comprender dolía, y todavía no sabía qué hacer con lo que estaba viendo. Además, me frustraba repetir algo que ya había entendido. "¿Otra vez aquí?", me preguntaba.
He aprendido que reconocer una herida no hace que deje de doler de inmediato. Tampoco comprender una defensa significa que podamos soltarla al día siguiente. Algunas maneras de protegernos llevan tantos años con nosotros que necesitamos tiempo para ensayar otras.
Hoy intento tratarme con más paciencia cuando vuelvo a encontrarme con algo conocido: observar qué pasó, reconocerlo un poco antes y responder de una manera apenas distinta.
Ese aprendizaje me importa especialmente mientras me preparo para acompañar a otros como psicoterapeuta.
Si volver sobre lo que creía resuelto parece locura, yo lo veo como aprender a tenerme paciencia mientras lo comprendido encuentra su lugar en mi vida.
5. Conocerme tan a fondo que sé lo que llevo conmigo y tenerlo presente en la relación con el otro
Mi historia entra conmigo a los lugares que habito. También puede entrar en mi manera de escuchar. Por eso me parece tan importante conocer mis heridas, mis juicios y mis ganas de ayudar. Preguntarme qué se mueve en mí frente al dolor de alguien. Reconocer cuándo aparece la urgencia por ofrecer una respuesta o el deseo de sentirme necesaria.
Acompañar me pide hacerme responsable de eso, seguir formándome y buscar supervisión. Mi proceso personal forma parte de esa responsabilidad, junto con la preparación y el cuidado que este oficio requiere.
Pienso mucho en mi propia psicoterapeuta. En todo lo que pudo haber trabajado en sí misma para que, al sentarme frente a ella, hubiera espacio para mí. Cuánto trabajo interior puede sostener algo que, desde la otra silla, se siente simplemente como ser escuchada.
6. La confianza de seguir aun sin tener todo resuelto
Durante mucho tiempo busqué orientación afuera: en la aprobación, en las expectativas, en las respuestas de otros. Aprender a escucharme ha sido un proceso lento. Hacerme caso también me ha costado tiempo. Hoy sigo teniendo dudas. Hay decisiones que comprendo mejor después de tomarlas y cosas de mí que todavía estoy conociendo.
Quizás, desde afuera, alguien vea indecisión donde yo estoy aprendiendo a escuchar. Yo empiezo a reconocer ahí una forma de confianza.
El Loco: la fuerza de seguir caminando
Como acostumbro al final de mis escritos, hoy me acompaña una carta del Tarot de Marsella: el Loco. La traigo como una imagen simbólica de este recorrido.
Me detengo en ese viajero que avanza con un pequeño hatillo. Me gusta imaginar que lleva lo esencial de su experiencia: lo que ha vivido, lo que ha perdido y aquello que poco a poco ha podido comprender. Su figura me recuerda que es posible caminar sin conocer de antemano todo el camino.
Me reconozco en él. En el desconcierto de dejar atrás una forma de vivir y en el valor que hace falta para ensayar otra.
Por eso, cuando vuelvo a aquella expresión de "los más locos son los psicoterapeutas", pienso en todo lo que puede quedar fuera de la mirada de quien la dice.
Ese recorrido merece ser honrado.
Hoy agradezco tambien profundamente a quienes me han acompañado. Sinceramente no pense que algun dia llegaria a comprenderlos tan bien. el tiempo ha pasado, y ahora comprendo desde mi experiencia todo eso que tuvieron que mirar de sí mismos para poder recibirme con tanta humanidad.
Sigo caminando mi propio proceso. Todavía hay cosas que duelen, preguntas abiertas y mucho por aprender.
Quizás parte de lo que alguien llamó locura fue el valor de empezar a mirarse. Aprender a sostener esa mirada también lleva tiempo.
Nota
Lo que comparto aquí nace de mi propio camino y de lo que sigo aprendiendo a lo largo de la vida. No pretende sustituir procesos médicos, psicológicos ni terapéuticos, sino abrir un espacio de reflexión, conciencia e inspiración.
Adriana Soberon P. ©️Todos los derechos reservados



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