Hermanos: un amor devocional
Actualizado: hace 4 días

"Crecer juntos también implica aprender a conocerse de nuevo."
Entre los hermanos existe una especie de solidaridad antigua, una devoción hacia alguien que estuvo ahí desde antes de que supieran quiénes eran. Hay algo profundamente singular en compartir papás con otra persona.
Pero incluso los hermanos pueden contar la misma historia y recordarla de maneras completamente distintas, porque cada hijo conoce una versión diferente de sus papás.
Permanece, sin embargo, un territorio que solamente ellos comparten: la casa, la rutina alrededor de la mesa, los viajes, las frases de siempre, los cuentos y las canciones favoritas de papá cuando estaba alegre.
Esas cosas que alguien repitió tantas veces que hoy basta decir dos palabras para que todos sepan de qué se está hablando. A veces, también un sentido del humor muy peculiar que desde niños les ayudaba a descargar una energía que todavía no lograban acomodar por dentro.
Son códigos familiares que no necesitan explicación. Anécdotas, pequeñas y grandes tragedias que para el resto del mundo quizá no significan nada, pero que tienen un lugar importante en su historia.
Los hermanos fueron cómplices mucho antes de saber lo que significaba la palabra complicidad.
Se escondían, se molestaban, se defendían, se acusaban y se peleaban. Jugaban, inventaban tonterías y se reían hasta que les dolía la panza. Sin saberlo, se ayudaban a transitar esa experiencia enorme que implica crecer.
Muchas veces entienden cosas de la manera de ser del otro antes de que él mismo pueda comprenderlas. Porque eso hacen los hermanos: se van acomodando unos alrededor de otros.
Aprenden dónde tocar y dónde no. Quién necesita espacio, quién responde al humor, quién explota, quién se aleja, quién rescata, quién reúne, quién media. Se estudian durante años sin saberlo. Hasta que un buen día descubren que han crecido y que también tiene que madurar su manera de quererse.
El amor entre hermanos comienza siendo un amor muy poco diferenciado. De niños pertenecen a un mismo mundo y todavía no saben muy bien dónde termina uno y dónde empieza el otro.
Si alguien se mete con un hermano, se mete con todos. Si le pasa algo, aparece el impulso de defenderlo. Si uno cree saber qué le conviene al otro, se lo dice. Se quieren con esa intensidad maravillosa y un poco ciega de quienes todavía se sienten parte de una misma cosa.
Pero llegan parejas, hijos, trabajos, ciudades, pérdidas y decisiones. Poco a poco aparece una realidad que de niños no podían comprender:
Vienen de la misma historia, pero no vinieron a vivir la misma vida.
Ahí puede empezar una forma más expansiva de amar: seguir sintiendo esa lealtad profunda y, al mismo tiempo, reconocerse como personas con una vida interior que les pertenece, con sus propios deseos, preguntas y caminos.
Quizá el amor inmaduro dice: te quiero tanto que lo que te pasa me pasa a mí. Y el amor maduro empieza a decir: te quiero profundamente y puedo permanecer a tu lado sin necesitar que seas como yo, pienses como yo o vivas como yo.
Cuando dejan de necesitar que el otro siga ocupando el lugar que siempre tuvo dentro de la familia, aparece la posibilidad de conocerlo de nuevo.
Hay algo precioso en mirar a quienes compartieron la casa donde aprendieron a vivir, a quienes conocieron sus primeras formas de ser, y descubrir que siguen ahí, aunque ahora sean distintos.
Quizá madurar como hermanos sea eso: pasar de una pertenencia que los mezcla a una pertenencia que también les da libertad. Seguir sabiendo que hay un nosotros, sin que ninguno tenga que renunciar a su yo.
Poder mirarse como adultos y decirse:
Te conozco desde el principio, te quiero por todo lo que hemos sido juntos y también quiero conocer a la persona en la que te estás convirtiendo.
Nota
Lo que comparto aquí nace de mi propio camino y de lo que sigo aprendiendo a lo largo de la vida. No pretende sustituir procesos médicos, psicológicos ni terapéuticos, sino abrir un espacio de reflexión, conciencia e inspiración.
Adriana Soberon P. ©️Todos los derechos reservados



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