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El duelo silencioso de dejar la casa de mis papás

Actualizado: hace 5 días


Me acuerdo perfectamente de cuando me casé y dejé la casa en la que crecí. Puedo decir que fue una de las etapas menos comprendidas de mi vida. Y una de las que más necesitaba palabras. Cómo hubiera deseado que alguien normalizara lo que estaba sintiendo. Quizá por eso va este artículo...


Porque si hoy estás viviendo esta etapa, o si la viviste hace pocos años y nunca supiste ponerle nombre a lo que sentías, espero que estas palabras puedan hacerte la misma compañía que a mí me hizo falta. Porque hay transiciones que casi todos vivimos y, sin embargo, casi nadie nombra: salir de la casa de nuestros papás es una de ellas. 


Porque hablamos mucho de la ilusión de casarnos con la persona que amamos, de por fin compartir la vida sin horarios, sin despedidas obligadas ni las restricciones de cada quien en su casa. Hablamos de despertar juntos todos los días, de construir un espacio propio donde todo parece posible. Pero casi nunca hablamos de que, al mismo tiempo, estamos despidiéndonos de una de las etapas más libres y despreocupadas de nuestra existencia.


Yo lo caminé sin mucha consciencia, solo sabía que había en mí cualquier pretexto para regresar a casa de mis papás. A veces porque "iba pasando por ahí". O porque había "olvidado algo".


Hoy entiendo que intentaba sostener dos mundos al mismo tiempo. Una parte de mí ya estaba construyendo una nueva vida. La otra todavía necesitaba comprobar si el lugar donde había crecido seguía ahí.


Porque, en realidad, me encontraba cerrando una etapa de vida completa. Lo que terminaba era mi juventud adulta.


¡Qué delicia había sido esa etapa!


Las pláticas interminables con mis amigos/as, en las que podíamos arreglar el mundo sin fijarnos en la hora.

Las pijamadas improvisadas que terminaban entre risas. 

La espontaneidad de decidir un plan cinco minutos antes y salir simplemente. 

La libertad de pensar, principalmente, en mí.

La emoción de ganar mi propio dinero y de sentir que todo estaba por construirse.

La sensación de que todavía había una estructura invisible sosteniendo mi vida. 

Una casa a la que siempre podía regresar. 


Era una etapa en la que estaba descubriendo quién era, mientras la vida todavía me permitía experimentar con cierta ligereza. No es extraño que me costara despedirme de todo eso.


Ahora incluso me da ternura recordar algunos de mis múltiples intentos fallidos para convencerme de que nada había cambiado.


Porque en medio de la transición se vive una sensación muy difícil de explicar: llegas a un lugar que, en teoría, ya es tu casa; tus cosas están ahí, tu ropa en el clóset, la cama muy linda, hecha, pero algo dentro de ti sigue diciendo: "Voy a mi casa", refiriéndose al lugar donde creciste.


Años después entendí que el corazón necesita más tiempo que las maletas para mudarse. Porque, el movimiento natural de la vida me estaba pidiendo exactamente lo que necesitaba. Un profundo reajuste: separarme sin dejar de pertenecer. Una frase que, escrita, suena muy bonita. Vivirla es otra historia.


No solo tuve que tolerar mi propio impulso de volver una y otra vez. También tuve que aprender a tolerar la tristeza que el cambio despertaba tanto en mi familia de origen como en mí. Hoy entiendo que tomar cierta distancia era profundamente sano.


No porque quisiera dejar de ser hija; eso nunca podría dejar de ser, sino porque necesitaba encontrar una nueva manera de serlo. Necesitaba reencontrarme con mi familia de origen desde un lugar distinto, mientras mi esposo y yo comenzábamos a construir nuestra propia familia. Necesitaba dejar de ocupar únicamente el lugar de hija para empezar, poco a poco, a ocupar también el de adulta. Mi realidad estuvo llena de avances y regresiones.


Había días en los que sentía que finalmente estaba encontrando mi lugar. Y había otros en los que lo único que quería era volver, aunque fuera por un momento, a aquello que siempre había conocido.


Hoy pienso que aquella etapa habría sido mucho más amable si alguien me hubiera explicado que estaba atravesando un gran duelo. Porque eso era. Un duelo, el cierre de una etapa profundamente linda. Creo que habría dejado de juzgarme tanto, de exigirme tanta perfección y tantos "debería de". Habría entendido que extrañar mi vida anterior no significaba que hubiera tomado una mala decisión. Que regresar constantemente a casa de mi mamá no era una señal de inmadurez. Era una manera de despedirme.


Un ir y venir necesario.


Como si una parte de mí necesitara tocar el pasado varias veces antes de sentirse preparada para soltarlo. 


Al menos, así fue como yo lo viví. 

No avancé en línea recta.


Me acerqué. 

Me alejé. 

Regresé. 

Lloré.

Volví a intentar. 


Y, casi sin darme cuenta, un día ese nuevo lugar comenzó a sentirse como mi casa.

No porque hubiera dejado de amar la casa donde crecí. Sino porque finalmente había encontrado otra manera de pertenecer.


Hoy volteo a verme hacia atrás con muchísima ternura. Ya no juzgo a esa joven que encontraba cualquier excusa para regresar a casa de su mamá. Hoy sé que no estaba retrocediendo. Estaba despidiéndose. Y creo que esa fue la parte que nadie me explicó.


Que para poder habitar plenamente el presente, primero necesitaba despedirme del pasado y darme el tiempo necesario para hacerlo. Crecer no consiste en dejar atrás el pasado del que venimos. Crecer consiste en agradecerlo tanto que, desde ese amor, encontramos el valor para construir uno nuevo.


Nota


Lo que comparto aquí nace de mi propio camino y de lo que sigo aprendiendo a lo largo de la vida. No pretende sustituir procesos médicos, psicológicos ni terapéuticos, sino abrir un espacio de reflexión, conciencia e inspiración.


Adriana Soberon P. ©️Todos los derechos reservados



 
 
 

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